jueves, 10 de mayo de 2012

Eolípila



En el estuario del río Clyde, en su desembocadura sur, frente a las aguas frías y grises del  fiordo,  se encuentra la ciudad de Greenock. Actualmente es la capital administrativa del council area de Inverclyde. En esta ciudad del oeste de Escocia, nació James Watt a quien la mayoría lo consideramos el inventor de la máquina de vapor. Aunque esta atribución es cuando menos una simplificación  de la realidad histórica que no hace justicia a muchos otros ilustres pioneros.

Watt lo que realmente hizo fue añadir un condensador independiente para incrementar la eficiencia energética de la máquina de vapor atmosférica ideada por Thomas Newcomen en 1711. Este había sido asesorado por el físico Robert Hooke, un científico experimental de gran imaginación y brillantez que llegó incluso a polemizar sobre la paternidad de la ley de la gravitación universal con el mismísimo Newton,  y el mecánico John Callery. La máquina de estos, a su vez, era una mejora de la máquina de Thomas Savery que fue  realmente quien inventó la primera máquina que utilizaba el vapor generado por la combustión del carbón para realizar un trabajo mecánico. Concretamente esta máquina se utilizaba para bombear las aguas subterráneas que dificultaban extraordinariamente el trabajo en las minas.

Hay quien incluso osa criticar a Watt y a su socio Matthew Boulton –ambos miembros del club de discusión llamado Sociedad Lunar que reunía a  importantes industriales, físicos e intelectuales. Sus reuniones se celebraban en Birmingham las noches de luna llena entre 1765 y 1813 y, muy a menudo, tan ilustres pioneros de la ciencia y la tecnología eran acogidos por Erasmus Darwin, abuelo de Charles,  quien unos cincuenta años más tarde nos iluminó para poder ver nuestro mundo de una forma absolutamente distinta– por ralentizar en los tribunales la evolución de su invento hasta que sus patentes expiraron en 1800, anteponiendo sus intereses monetarios a los de la evolución tecnológica. Jonathan Hornblower fue la víctima principal de estos litigios y su motor de vapor compuesto no pudo ser desarrollado y aplicado a los motores navales por Arthur Wolf hasta 1804.

Después de analizar esta porción de la historia, podríamos llegar a afirmar que la verdadera cuna del ingenio que impulsó la revolución industrial estuvo ubicada en las islas británicas, pero si ampliamos un poco el campo de mira nos damos cuenta de que no es así.

Una vez más, otra más, debemos trasladarnos a la ciudad fundada por Alejandro Magno en una zona fértil del delta del Nilo, en una elevación de ese territorio entre el antiguo lago Mareotis y las aguas cálidas y azules del Mediterráneo, para descubrir cómo empezó todo.

La satisfacción de haber vencido al rey persa Darío III Alejandro debió de ser el motivo por el que encargó al arquitecto Dinócrates de Rodas el diseño de una retícula hipodámica sobre lo que, hasta entonces, era tan solo un pequeño poblado pesquero del que nadie recuerda su nombre –se llamaba Rakotis– para convertirlo en una de las ciudades más importantes de la historia. Alejandría. Allí, en esa gran ciudad helenística, nació en los primeros años de nuestra era, Heron, uno de los muchos genios que en su seno surgieron.

El mayor logro de este inventor que entre otras descubrió de una forma arcaica leyes de la mecánica, imaginó numerosas máquinas sencillas y generalizó el principio de la palanca de Arquímedes, fue la invención de la primera máquina de vapor. La eolípila.

El artefacto bautizado en honor del dios del viento, consistía en una esfera de metal conectada a una caldera que al calentarse generaba vapor de agua. La esfera disponía a su vez de dos salidas para el vapor que consistían en dos pequeños tubos orientados en direcciones opuestas y la esfera giraba a gran velocidad por la acción del vapor. Esa es la primera máquina de vapor documentada que el ingenio humano ha imaginado. Aunque Heron también bebió de las fuentes de otros anteriores a él, como el inventor y matemático griego padre de la Pneumática, Ctesibio, que también vivió en Alejandría en la época de Ptolomeo I, trescientos años antes.

Este escueto relato de un episodio de la historia de la ciencia es una muestra más de que  acostumbramos a atribuir la paternidad de las cosas a algún personaje en concreto, y lo cierto es que la historia no funciona como la biología. Nos es –en el fondo– más sencillo continuar explicando los grandes cambios y los avances por la genial actuación de alguien concreto –incluso sin ser cierta–  al que luego elevaremos a los altares de la historia, que asumir que el avance es la suma del trabajo de muchos y de la concatenación de múltiples genialidades.

Debe ser por esa razón que, a menudo, caemos en la tentación de esperar al que debe indicarnos el camino y olvidamos  que lo más importante es que no se trunque el viaje por el paso que nosotros debemos dar y que no damos por estar esperándole. Pero tampoco la realidad es tan sencilla como puede parecer.

Una pregunta no deja de repicar en mi cerebro ¿Qué sucedió en los mil setecientos años que separan a Heron de Watt? ¿La humanidad estuvo esperando la llegada de otro pionero que no acababa de llegar, para poder continuar el viaje hacia el futuro? ¿Entramos en la larga noche o nos castigaron los dioses por querer parecernos demasiado a ellos? ¿Fuimos incapaces de valorar el potencial de estas maravillosas máquinas más allá de considerarlas juguetes para engañar a los feligreses con los movimientos de los autómatas que representaban a dioses en los tiempos de Arquímedes?

Marco Vitruvio, otro ingeniero y arquitecto contemporáneo de Heron, autor de los textos que sirvieron a Leonardo da Vinci para realizar su famoso dibujo del Canon de las proporciones humanas, ya hizo estudios de eficiencia de las máquinas que inventó. Su rueda hidráulica vertical para moler trigo era capaz de moler 150 kilos en una hora, mientras que dos esclavos solo lograban moler siete kilos. No es razonable pensar que se truncó la genialidad de golpe ni que no había estímulos suficientes para que la evolución siguiera con su velocidad de crucero. Solo cabe una explicación. Para que florezca el potencial que tenemos es necesario un liderazgo político que lo canalice y que nos haga ver un poco más allá de nuestros propios intereses cortoplacistas. Tengo la sospecha de que el parón histórico lo provocaron los que se preguntaban con retórica altanera ¿para qué esforzarnos en construir máquinas si no nos acabaremos los esclavos? Y a los líderes políticos ya les iba bien. 



miércoles, 25 de abril de 2012

Madrid


Atravesar a trescientos kilómetros por hora el páramo que rodea la gran urbe mesetaria es como acercarse a un gran agujero negro que todo lo atrae. Una sensación de vértigo envuelve e impresiona a quien viene de una ciudad encajonada entre el Mediterráneo y la Serra de Collserola. Madrid es una ciudad sin límites.
El trayecto desde la calle Goya hasta esa frontera difusa de este universo urbano donde está ubicada IFEMA transcurre en un taxi que atraviesa calles, autovías y autopistas sin dejar de estar en Madrid. El recinto es amplio y está lleno a rebosar. El sector ha respondido a la convocatoria de INFARMA 2012, se nota su avidez por encontrar respuestas, lo que es un primer paso para lograrlo. He tenido suerte y he conseguido un asiento en la quinta fila de la sala 4. Aunque la oferta es amplia, me he decantado por una ponencia que habla de nuestro futuro. Mi querencia por esos temas se parece a la del toro por las tablas.
«No tengo ninguna duda, que el sector continúa aportando valor por su extrema capilaridad y accesibilidad, y también lo es que los profesionales farmacéuticos mantienen una posición de confianza y credibilidad profesional con los usuarios del servicio, sus verdaderos clientes, pero sólo con eso no va a ser suficiente para afrontar con éxito el reto que significa la exigencia de incrementar la eficiencia, para abordar la imperiosa necesidad de disminuir el déficit público y para convivir con suficientes garantías en un marco en el que las recetas liberales parece que van imponiéndose en las economías de nuestro entorno. El sector deberá poner encima de la mesa de negociación algo más de lo que siempre ha puesto porque, aún siendo mucho, no va a ser suficiente….»
El ponente viste un traje de Gales bastante claro, una camisa gris y una corbata de tonos rosados. El conjunto hace que aumenten las dimensiones de su figura. Es corpulento y habla con un ritmo lento y con voz poderosa. Ha empezado su intervención asegurando que no sabe cual será nuestro futuro, pero parece que algo se va a atrever a decir.
«Lo primero que debemos hacer es determinar lo esencial, lo que nos diferencia de los otros, lo que aporta más valor.
Nuestro core business. Nos dirían los expertos en marketing que tantas recetas nos ofrecen para intentar ayudar a la gestión de nuestras farmacias. Nuestro modelo de farmacia actual se basa – del mismo modo que los modelos de nuestro entorno, aunque a veces no nos queramos dar cuenta– en el conocimiento y las habilidades del profesional farmacéutico. Esa debe ser una línea roja que nunca deberíamos traspasar. No debemos olvidarlo».
El conferenciante va trufando su discurso de frases y afirmaciones que, reforzadas por ese tono grave, parecen sentencias.
«Es cierto que tradicionalmente el modelo compagina en un mismo establecimiento los servicios basados en el conocimiento de un profesional sanitario con la oferta comercial de productos ligados de alguna forma con la salud y el bienestar de los clientes. Pienso que debe continuar así. Porque está socialmente aceptado, porque nos ofrece diversidad de posibilidades de crecimiento, porque nos aporta recursos independientes de los presupuestos públicos y porque la farmacia es un espacio adecuado para que el autocuidado de la salud pueda ser asesorado adecuadamente. De todas formas, no creo que ahí, en el relativo potencial comercial de nuestros establecimientos deba pivotar nuestro futuro porque corremos el riesgo de diluirnos en un mercado global en el que la oferta va a llegar al consumidor de maneras que aún ni imaginamos.
Aunque los precios en España sean de derribo, aunque no se alejen de nosotros los fantasmas de más recortes, nuestro futuro está alrededor del paciente que toma medicamento. Digo alrededor y no en el medicamento, porque el reto está en buscar un modelo basado en la aportación de valor en la interrelación que existe entre el paciente y su tratamiento, y también aportándolo con nuestra participación como sanitarios en el proceso asistencial continuo buscando interrelaciones con los otros profesionales sanitarios. Cuando hablamos de cartera de servicios, es de eso de lo que hablamos. No hablamos de un complemento más de nuestro negocio, hablamos de un cambio de paradigma, que no debe significar el derribo de nada, pero que debe posicionarnos con claridad y con todas sus consecuencias en ese papel.
…me molesta que seamos noticia cuando alguna farmacia entra en concurso de acreedores o portada de periódico si alguna cierra. Nuestra preocupación debe ir más allá de la de la viabilidad de las farmacias, deberíamos ocuparnos de la capacidad de las farmacia para lograr objetivos ambiciosos. Y eso no sólo debería preocuparnos a nosotros, que somos los máximos responsables de nuestras farmacias y de hacerlas competitivas, la Administración sanitaria debería entender y asumir que es un desperdicio, en estos tiempos incluso una irresponsabilidad, desaprovechar el potencial sanitario de una red como la nuestra, y que debe proporcionar recursos suficientes para poder exigirle resultados.
Ha llegado el momento de asumir con naturalidad y normalidad que no todos somos iguales del mismo modo que los médicos tampoco lo son. Pretender uniformizar un sector tan diverso nos aboca al fracaso, y el pragmatismo, ese que os he dicho que me mueve, huye del fracaso. Todos o nadie siempre acaba siendo nadie. Debemos construir un escenario de farmacias capaces y diversas».
Otra sentencia más.
«Un cambio como el que estoy describiendo no es de hoy para mañana. Sin esa dosis de generosidad que nos aboca a pensar en lo que dejaremos a los que nos seguirán en nuestra profesión, nos aboca a ser barreras de ese cambio. En resumen, ¿cómo creo que nos conviene afrontar el trance que representa siempre escoger el camino a seguir?:
Continúo confiando en que es posible un modelo en el que el éxito del profesional farmacéutico se base más en él que en su establecimiento.
Apuesto decididamente por la contratación de servicios con el Sistema Nacional de Salud remunerados no exclusivamente por un margen del medicamento.
Creo que es necesario que los colegios promuevan estructuras corporativas capaces de aportar competitividad a las farmacias y que les permitan acceder a negocios que individualmente no pueden ni podrán lograr.
Acepto el reto de la exigencia porque creo que mi profesión me lo exige y que mi responsabilidad con los que van a continuar después de mí, va más allá de mis legítimos intereses.
Así lo veo. Gracias.»
Hace frío en el páramo. La primavera ha llegado con nieve, pero la sala de conferencias está llena, un síntoma más de que la profesión está muy viva. Salgo de la sala soportando apretujones mientras pienso que las políticas cortoplacistas pueden degradar nuestra economía, pero nunca podrán degradar una profesión tan apasionante como la nuestra. Vuelvo optimista a mi Barcelona. Necesito estar en mi geografía concreta después de unos días en esa geografía sin límites en la que corro el riesgo de perderme.